SOBRE LA ESCALA GNÓSTICA

15 de mayo de 2026 J.C. Sobrepere 2 minutos 57 visitas
Resumen: Una breve reflexión que diferencia dos modos de saber o conocer y cómo se produce una tensión entre ambos, lo que se traduce en un malestar inconsciente.

Me gustaría llevar a cabo una primera distinción entre saber compartido y saber asimilado. El valor del saber compartido depende de una validación social o del visto bueno de una comunidad de individuos supuestamente competentes. Mientras, el saber asimilado o interiorizado, depende de una comprensión interna que puede prescindir de un soporte externo, social o comunitario.

La aceptación o pertenencia a una comunidad nos obliga en determinados contextos a comulgar con un saber compartido que podríamos no asimilar del todo. No obstante, debido a la imperiosa necesidad biológica de garantizar nuestra supervivencia mediante la pertenencia, comulgamos. Porque la muerte social “equivale” a la muerte biológica. Y eso es inaceptable. Así que abrazamos el saber compartido como una contrapartida menor y aceptable para poder convivir en sintonía con nuestro entorno social. 

Esta dinámica tiene una influencia directa sobre el saber, que se supedita a la política de grupo que a su vez se convierte en un instrumento de garantía de su propia cohesión. Pero también en el soporte de un sútil aparato de censura que protege al grupo frente al riesgo de potenciales ideas disgregadoras.  

Esta ausencia de pluralismo divergente frente a un monismo convergente penaliza la posibilidad de cambio efectivo y por tanto resta posibilidades a la innovación. Así queda truncado el equilibrio ideal entre tradición e innovación, entre repetir siempre las mismas consignas o probar otras nuevas, siempre en sintonía con la realidad del mundo. 

En estas condiciones, se produce una concentración del saber compartido al que se subordina el saber asimilado. Es decir, que la mayoría de las personas con cierta competencia se manifiestan a través del discurso oficial procurando no mostrar un posible cuestionamiento del mismo que las señalaría. Esto es una forma de abdicar del pensamiento libre o no tutelado por una pieza o engranaje conectado al mecanismo global que rige y define a una mayoría. La consecuencia directa, aparte de la frustración interna, es defender de forma anti-natural los preceptos ajenos, es decir, predicar un discurso lleno de falsedad e hipocresía, o dicho de otro modo, dejar de pensar por uno mismo. 

Este modelo es perverso, porque desalienta el pensamiento libre y original, ofreciendo como contrapartida la facilidad de unos cánones previamente establecidos. 

Así el saber asimilado o interiorizado se suplanta por un saber superficial compartido, algo que no resulta baladí, porque esto se traduce directamente, en los valores, el pensamiento y la forma de actuar, siendo esto último, el acto, la acción realizativa o performativa que se traduce no en el pensamiento del sujeto ni en la conducta del sujeto, sino en el pensamiento y la conducta esperable por la mayoría. 

Este sistema, nuclear, no distribuido de la inteligencia y el poder humanos, genera seres convencionales, dóciles y gregarios, ahondando la brecha interior. Ello se manifiesta en un malestar en la cultura, en un resentimiento o frustración que tratamos de reprimir, una energía negativa que sin embargo encuentra una salida. Esta salida es la proyección contra un otro inocente, es lo que solemos denominar con palabras como: odio o violencia.

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