FÍSICA AMATORIA
Albert Nagel había recibido una cuantiosa beca para llevar a cabo sus investigaciones. El programa piloto se llevaba a cabo en el colisionador de corazones, unas instalaciones a la vanguardia de la física de las emociones. Se trataba de un anillo, por el que se hacían circular impulsos nerviosos, originados en su mayoría por desencuentros amorosos, o por lejanas vivencias que parecían cobrar vida generando una explosión de sensaciones. Capturar estas era el objetivo del ambicioso proyecto que contaba con la máxima prioridad del Centro de Estudios Amatorios.
El haz de partículas se disparaba desde el centro de control. Allí se separaban los besones de los achuchones, de las caricias y los abrazos largos. El punto álgido se daba al leer una carta de despedida o una declaración de amor adolescente, generando un colapso en la función de onda de los sentidos, que arrojaba lecturas epidérmicas, rubor y un escalofrío vibrante, que menguaba generando cierta sensación de embriaguez.
Esas curvas o sus funciones no lineales dejaban absorto el ánimo que se encendía rememorando un sinfín de promesas inconclusas. Aromas de circularidad se percibían al rememorar aquel perfume a asfalto mojado y hojarasca removida, entre sollozos y pieles huérfanas de un tacto enloquecedor.
Nagel conocía bien todas estas variables. Así que decidió colocar los electrodos sobre su sien y acceder al mundo de la física amatoria. El recorrido fue por un instante, como un zigzag de palpitaciones, que él mismo identificaba a través del movimiento involuntario de sus pupilas, agitadas por imágenes de una belleza abrumadora.
La intensidad alcanzada en estos experimentos era medida en corazones, una magnitud que comparaba las corrientes románticas más relevantes hasta la fecha. En ese sentido, la mayor explosividad y volatilidad se solían producir en torno a las mezclas. Resultaba esclarecedor, esa combinación caótica, de besos y arrullos, en las que acompañabas a tu pareja, ambos cogidos de la mano, entrelazando las almas. Hasta que de súbito te dabas la vuelta y te atrapaba un deseo voraz de abrazarla fuertemente. Ese instante de abrazo infinito hacía que las agujas y los detectores de corazones se disparan hacia guarismos nunca vistos.
Ella caminaba junto al parque, dudando si entrar o no. La retenía algo, tal vez la lejana complicidad con aquella pareja y el furtivo temor a encontrarse después de tanto tiempo. El móvil hizo un bip bip, una nueva actualización en marcha, tal vez un nuevo acomodo para su vida, una existencia marcada por amores disueltos en un beso de carmín.
Nagel en su trance podía reconocer esa melodía, esos cipreses vencidos por la brisa que la hizo refugiarse en un café frente al parque. Un espacio compartido, lleno de historias, de ciencia amatoria, de primeros encuentros, de besos, de abrazos infinitos, de descubrimiento del otro.
Abruptamente aplastó su cigarrillo y desconectó los electrodos. Las lecturas de corazones se habían disparado, ahora recorría la circunferencia del anillo con su dedo, observando la silueta diluida en oro de un tiempo que nunca debió detenerse.
Ella cruzó demasiado rápido y un tumulto se originó ante el drama. Esta vez era él, el que se emocionaba, dejaba las instalaciones antes de sellar en el sistema, no pudo esperar al ascensor, conectó el auto y se dispuso a llegar lo antes posible a aquella cita programada.
Nagel aparcó frente a la cafetería y depositó una rosa en su honor. Abrió su libreta, palpó el café humeante y se secó las lágrimas. Un eco de sirenas, una llamada maldita y allí se encontraba como en aquella primera cita que jamás llegó a consumarse.